Tu cabeza está hirviendo y con las manos húmedas
intentas quitar lo que te provoca tanta irritación en la garganta. Te rodea una
pestilencia insoportable:
desprecio, angustia, cigarros, cerveza, sangre, vómito; todo está fusionado en
un aroma que perfora tus fosas nasales. Abres los ojos. La luz del sol se mete
como una navaja en tus párpados. Estás en tu hogar, con la misma suciedad y las
puertas oxidadas. Una melodía comienza a sonar en tu cabeza, quizás una canción
que escuchaste cuando eras pequeño.
-Yo
quiero ser como mi papá…- susurras débilmente, de la comisura de tus
labios resbala un líquido burbujeante. Tu visión es borrosa. Ante
ti se dibuja una figura femenina, logras distinguir en su rostro moretones y
lágrimas, de su falda se sujeta fuertemente una criatura de coletas. La
pequeña no se da cuenta de tu deplorable
estado y, al notar que te has despertado, se acerca
abriendo los brazos. Frunces el ceño ¿Quién
es esa criatura? ¿Papá? ¿Te está diciendo Papá? Antes de que
brinque al vómito de tu camisa, la figura femenina la aleja con furia, te
devora con los ojos, te digiere y, finalmente, te defeca en el sillón estropeado.
-Eres
una porquería. - Un susurro lleno de odio que proviene de esos labios femeninos
que alguna vez besaste. Mientras la
mujer sigue metiendo ropa dentro de una vieja maleta te levantas tambaleante.
Al incorporarte sientes un mareo que amenaza con hacerte caer. Cuando crees que
volverás al suelo, una hermosa ninfa te toma del brazo. La suavidad de su piel
y los ojos azulados en su rostro provocan una sonrisa de alivio en tu boca. Te
canta al oído mientras te ofrece una plateada copa de vino. El color del
líquido embriagador es bellísimo y te produce un efecto hipnótico. Las papilas
gustativas comienzan a secretar saliva. Tu tráquea se cierra. Sin saber cómo,
logras llegar al lavabo del baño. Abres el botiquín, sacas un rastrillo, le
colocas la navaja y te pones crema de afeitar. Tu alucinación no te deja ver
que en tu rostro no hay nada que depilar.
Me
haré un bigote con la crema de rasurar… La sangre comienza resbalar en tus
mejillas formando un riachuelo que desemboca en tu barbilla. Ella te grita
“¡Enfermo!”. ¿Enfermo? No estás enfermo. Enfermo tu padre, que bebió durante
toda su vida. Aún recuerdas sus gritos y los golpes que le propinaba a tu madre
mientras tú te orinabas en el catre que te servía de refugio. Además, él te
enseño a ser un hombre. Eso hace un hombre: trabaja ocho horas al día, gana un
sueldo aceptable, lleva sustento a su familia y se alcoholiza. Tu padre bebía
para tener el valor de engañar a tu madre, pero tú, ¿por qué bebes?
Cómo
me gusta hacer las cosas que hace mi papá… Cuando ella grita que se marcha,
un escalofrío recorre tu cuerpo. Las ninfas se convierten en brujas viejas y
secas. La copa de vino es ahora una guadaña que se clava en tu cabeza, hombros
y abdomen. La niña te dice adiós mostrándote su peluche gris. Mientras miras a
tu hija, sientes un taladro destrozando tu estomago. Un líquido amarillento
comienza subir por tu esófago. Vomitas sobre su osito gris. La niña rompe en
llanto. La mujer grita algo indignada, un reclamo que no alcanza a entender
mientras le quita el muñeco. Berreos, pataleos, insultos. La puerta se abre y
el sol de la mañana te golpea en el rostro.
Él
es bueno, y yo quiero mucho a mi papá… El
silencio perfora tu alma. ¿Tienes una? Debes tener una, por eso puedes sentir
la putrefacción dentro de tu cuerpo. La puerta se cierra tras de ellas.
Escuchas el llanto de tu hija. Estás de nuevo solo, con tu sillón roto, con tu
vómito en el piso, con tus fantasmas acosando tus sueños.
-¡Qué
lindo sería parecerme a mi papá!
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