La primera vez que
escuché, o más bien leí, la palabra Saudade fue en un estado de Facebook de un
escritor mexicano en el que decía que si hubiera una palabra que se pudiera
denominar hipster, sería
esa. Después, un muy querido amigo, nos comentaba a mí y a otra persona, que
esta palabra y su significado le había llamado mucho la atención. Tanto, que,
se le había ocurrido comenzar un proyecto literario alrededor de ella. Lo que
recuerdo de su definición era algo así como extrañar algo que no está y que ya
no volverá. O algo que tal vez nunca fue. Una melancolía que duele, pero que al
mismo tiempo hace bien.Teniendo ese concepto
en mente, descubrí que sí sabía lo que era el Saudade,
que lo estaba sintiendo en ese momento y que era una gran tontería, pero un
sentimiento muy vivo en mí.
Si pudiera poner en
palabras lo que siento por Ñ, creo que, lo más
cercano sería la fascinación que produce un misterio no revelado. El no saber a
ciencia cierta qué sucede con él, alrededor de él y dentro de él es lo que hace
que mi pensamiento durante varios momentos del día gire en torno a su figura.
Puede aparecer en mi mente, como un fantasma merodeador y disolverse minutos
después en el aire, sin dejar rastro. Un día le expliqué esto a C y me preguntó
cuál era la razón de esa fascinación, para él no había un motivo por el cual Ñ
podría despertar esa sensación, pues a primera vista Ñ no le parecía
excepcional. No supe qué responderle.
Siempre me ha
parecido curiosa la manera en que una persona comienza a significar algo. ¿Cuando deja de ser
un simple alguien y se convierta en personaje de nuestro bestiario cotidiano? Me
parece curiosa por inexplicable. Si mi vida fuera una película no podría
detenerla en algún punto preciso y decir: “Ahí. Es justo ahí en donde Ñ comenzó
a significar algo para mí”.Sé con certeza, que desde
hace dos años que conozco a Ñ no soy la misma, no sólo por la curiosidad que su
persona me produce sino por los efectos, digamos, artísticos que han surgido a
partir de esta no-relación entre nosotros.
Trato de rastrear qué
suceso, o qué reacción fue la que me originó este sentimiento indecible —no
porque tenga que ser censurado, sino más bien, porque no hay palabra para
nombrarlo— hacia a Ñ y no lo encuentro. En realidad me doy cuenta que no hay
nada que haya sido memorable. Sí, cuando lo conocí estaba nerviosa pero no era
por él, sino por mí. Siempre me pongo un tanto nerviosa por conocer gente nueva,
sobre todo si son hombres. Supongo que tiene que estar relacionado con lo que sucedió en el kínder.
Recuerdo, eso sí, que
lo primero que llamó mi atención fue ese extraño gesto que hacía Ñ al
despedirse de mí. Al principio, cuando la confianza —supongo de ambas
partes— era muy poca, me despedía de la Abuela con sólo un apretón de manos, y
Ñ lo secundaba con un ligero apretón en mi hombro derecho. Pero hubo una serie
de momentos que podrían darme claves para entender este sentimiento extraño y difuso.
Un episodio muy
importante fue aquella primera vez, cuando nos sentamos a conversar junto con la
Abuela —va ser curioso, porque ella siempre será una presencia importante en
nuestra relación, sí es que en algún momento se le podría llamar así—. Yo estaba
sentada con la mitad del cuerpo dirigida hacia ella y hablábamos de ciertas
historias de la familia que le gustaba recordar. Ñ se había sentado en una
silla de madera que estaba frente a mí y la Abuela hablaba desde la puerta de
su estudio. Era una escena triangular —como esas que tanto le gustan escribir a
Juan García Ponce— y se repitieron constantemente durante mis visitas a la
casa de la Abuela. Durante esa plática, Ñ —se encontraba encorvado tirando
el cuerpo hacia el frente— dejaba ver las manos extendidas y cruzadas entre sí.
Entonces, ese día me di cuenta que Ñ tenía las manos justo como a mí me
gustaban: delgadas, blanquísimas y con dedos largos.
El segundo episodio,
que debería ser el primero por orden de importancia, está marcado por la
ausencia física de Ñ y su presencia espiritual por la escritura (La mejor
manera,
de “enamorarse” de un poeta es a través de la palabra escrita).
Leí una carta que descuidadamente Ñ había dejado en el sillón, justo a un lado
en donde dormía el gato. Una carta que no debía ser leída y mucho menos por mí.
Ahí descubrí en Ñ a un hombre lleno de rencor filial (nada fuera de lo común
pues dudo que no haya alguien que haya sentido un poco de rencor o
resentimiento por sus padres). Párrafo tras párrafo no era más que un reproche
que se iba incrementando. El padre era la columna vertebral del resentimiento.
Pero, sobre todo, creo que lo que “ganó mi corazón” fue que Ñ evocara un
momento en el que se encontraba cargando a su padre porque se caía de borracho.
Ese detalle, el poder entender de cierta forma la frustración de un hijo con su
padre alcohólico (una de mis grandes cruces familiares) fue lo que llamó mi
atención. Había un claro desapego entre Ñ y su padre, que no es igual al que
tengo con el mío pero que de alguna extraña forma logré comprender. Lo mismo
había pasado hacía 11 años. Había sentido esa misma empatía por Daniel y por
eso nunca había abandonado mi corazón. Y ahora, Ñ, entraba al mío a través de
esa misma fibra sensible.
El tercer episodio
debió de haber sido aquel en el que Ñ, la Abuela y yo nos encontrábamos
sentados en la mesa bebiendo una copa de vino,y platicando de diversas cosas.
Recuerdo que la conversación había nacido muy orgánicamente, pero con los tres
dispersos por toda la habitación: yo en un extremo, atrás del librero jugando
con el gato. La Abuela, en la sala, acomodando unos papeles y Ñ, del otro lado
de la sala, fumando cerca de la ventana que da al jardín. Habíamos comenzado la
conversación por cualquier tontería, y luego, como ya habían terminado lo que
estaban haciendo, la Abuela sugirió que nos sentáramos a tomar una copa de
vino. Fue un episodio importante también por el hecho de que ese día, de cierta
forma, se rompió la frialdad de nuestro trato y seguimos conversando de varias
cosas más personales y alejadas del pasado. En algún momento salió el tema del
apoyo familiar, y cuando Abuela preguntó si mis padres me apoyaban en lo que
hacía, el rostro de Ñ se turbó por completo. Se quedó callado, serio. Yo
evitaba mirarlo, pero reconocí sus gestos de reojo. Sentía que cuando la Abuela
estaba presente debía mirarla sólo a ella, que cualquier gesto dirigido a Ñ
delataría mis sentimientos.
El cuarto episodio
fue la vez que se metió al taxi para despedirse de mí con un beso en la
mejilla. Al terminar mi visita ya muy avanzada la noche, la Abuela le pidió a Ñ
que llamará un taxi para mí. Durante la espera bebimos un poco
de licor de cereza o de anís o de ambos. Media hora después llegó
el taxi. Ñ, como siempre, me acompañó hasta la puerta. Yo entré al taxi y
él me pasó unos libros. Luego, cuando yo pensé que se echaría para atrás y
cerraría la puerta, lo que hizo fue, agacharse, meter su torso al taxi, tomarme
del hombro derecho, y darme un beso conciso en la mejilla. Luego salió, cerró
la puerta del taxi y se paró en el portón de la casa. Se despidió de mí con una
sonrisa peculiar.
El quinto episodio
fue otra vez que salí tarde pues la abuela me puso a acomodar todas las fotos
de la familia en un viejo baúl de ébano. Otra vez había que tomar taxi.
Mientras caminábamos por el patio Ñ se dio la vuelta y me señalo una hermosa,
redonda y blanca luna que era enmarcada por la negra estela de los guayabos:
“Mira, qué bonita se ve la luna ¿no crees?” Y sí, realmente era hermosa y deslumbrante.
Pero lo era más porque él la había descubierto sólo para mí. Un círculo
perfecto de luz con la figura de un conejo. El ombligo níveo de la noche. Nunca
más he podido ver la luna sin escuchar su voz en lo más profundo de mi
pecho.
El sexto episodio fue
un día que yo me encontraba escribiendo en la maquina de escribir de Ñ—, la
Abuela se empeñaba en que aprendiera mecanografía y Ñ me enseñaba—. Él salió de
esa habitación —siempre cerrada— en la que trabaja con la Abuela y me pidió
permiso para sacar unos pinceles que estaban en un cajoncito, debajo de la mesa
de madera en la que yo estaba trabajando. En lugar de pararme, lo que hice fue
sólo hacer un poco para atrás mi silla y alejarme unos centímetros de la
maquina. Ñ tampoco hizo intento de decir que me levantara y se puso a un lado
de mí. Se inclinó de manera que su brazo pasaba encima de mi hombro, y su
cabeza quedó muy cerca de la mía. Entonces percibí su olor corporal, un olor
extraño, como a jabón neutro, a pino, a especias, y a libro viejo. Me gustó
mucho ese olor. Sentí un deseo enloquecido por meter mis dedos dentro de su
espeso cabello negro. La camisa dejaba al descubierto un cuello blanco. Y quise
también tocarlo, acariciarlo.
Luego, deje de ver a Ñ y a la Abuela, pues comencé a estudiar fuera de la
ciudad. Sin embargo, nunca hemos dejado de comunicarnos. Ñ, la Abuela y yo nos
escribimos correos electrónicos, intercambiamos libros y conservas. Todo este
tiempo me ha servido para ir analizando los detalles y tratar de entender que
fue lo que sucedió durante ese año que Ñ entró en mi vida. Encontré un posible
manera de nombrar esto que siento: amor platónico.
El amor platónico se
entendía —o se entiende— como aquella en la que una primera etapa se
contemplaba la belleza física de la persona (las manos, la estatura, la mirada
triste, la voz de Ñ), luego su belleza espiritual (el misterio que es el mismo,
algunas de sus — ¿suyas de verdad?— concepciones artísticas, algunas de sus
obsesiones estéticas), y el alejamiento de un interés sexual o puramente sexual
de esa persona (aunque, en este caso sí exista cierto interés sexual. Al menos
de mi parte.). Así pues, en ese sentido podría decir que este “enamoramiento”
no es del cuerpo, o sólo del cuerpo… quizás ni si quiera lo es, sino del misterio
de este espíritu que no termina de revelarse ante a mí. Entonces, me siento
como un personaje de García Ponce, pues, en todo caso lo que encierra a
Ñ, es la necesidad de descubrir los significados de ese signo, de ese misterio
que es él, lo que me permite entenderme a mí misma. Tengo una inmensa
curiosidad por su intelecto, sus intereses y descubrir si son tan parecidos a
los míos como lo pienso. ¿Será que por somos Tauro, que me atrae? ¿Será que por
que nacimos en el mismo mes con algunos días de diferencia? ¿Será que yo soy
rama y él árbol? No. ÉL es musgo, así como Anaïs. Así como Natalia. Es una de
mis obsesiones que al final son buenas por desembocar en mi creación literaria.
Pero entonces, sigue
estando la interrogante de porqué el espíritu de Ñ despierta ese enorme
interés en mí. He escrito tanto y no he resuelto nada.

No no has descubierto nada pero me has dejado fascinado con tu escrito Yeni chula :)
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