[Un pequeño adelantito de mi plaquette Tres gotas de agua (Simiente, 2014), que se presenta el próximo sábado 19 a las 12:00 hrs en la Librería Jorge Cuesta en Distrito Federal (Liverpool #12, Col. Juárez, Del. Cuauthémoc)]
![]() |
| Ilustración de Amanda Mijangos |
Glauco
…sus pies ciertamente son delicados, pues al suelo no los acerca,
sino
que anda sobre la cabeza de los hombres…
Homero
verde
carne, pelo verde
Federico
García Lorca
verde negra
sanguinaria
Alfonso
D’Aquino
Escena I
Bartolomé y Sofía se sientan
en unas gradas de piedra blanca. Frente a ellos se encuentra un escenario de
metal que flota sobre un lago. Son las últimas horas de la tarde, y las sombras
primerizas de la noche van cayendo sobre la gente y el agua, que al reflejar el
follaje se convierte en una alfombra cristalina. El escenario se compone de un
rectángulo apostado en el centro del lago con un brazo central que al llegar a
un par de metros de la primera fila se rompe en dos brazos más, uno que va
hacia la izquierda y el otro hacia la derecha. Hacia la izquierda del escenario
se balancean lentamente unas embarcaciones corroídas.
Mientras la gente se
acomoda, los músicos van entrando en el escenario: una pianista de baja
estatura y labios rojos delgados, un saxofonista con apariencia de cavernícola
domesticado y un guitarrista altísimo, de pelo rubio y largo. Afinan sus
instrumentos y la gente va disminuyendo su parloteo. De uno de los extremos,
empiezan a surgir unas figuras femeninas, cubiertas por una manta de color
turquesa. Se sientan a los extremos. Las gradas se van llenando mientras la
noche avanza en el inmenso jardín. La brizna se detiene por completo. Sofía
recarga la cabeza en el hombro de Bartolomé, quien le acaricia el cuello como a
un gato. Las luces se apagan y por unos segundos todo se cubre de una densa
oscuridad. Un círculo de luz se posa en el centro del escenario. Las figuras
encapuchadas se levantan y dejan caer su túnica. Aparece un grupo de bailarinas
que, acompañadas por la música, comienzan su rutina. Bartolomé y Sofía observan
con detenimiento a la bailarina principal: es delgada, de curvas cautas, piel
apiñonada y ojos verdes. Cabello profundamente negro adornado con plumas de
quetzal. Tiene un traje de terciopelo, también verde, ajustado a su cuerpo.
Bartolomé se rasca la cabeza y le dice a Sofía:
—¿Qué estamos haciendo?
—¿Qué quieres decir con
eso?, estamos viendo a las bailarinas...
—¡No!... eso ya lo sé… es
decir, ¿por qué estamos aquí?
—¿Te sientes bien? David nos
dio sus boletos porque él tenía otro compromiso. ¿Lo olvidaste?
—Eso lo recuerdo. Y también
recuerdo que en realidad no teníamos muchos motivos para venir.
—Sí, pero no teníamos nada
mejor que hacer. ¿Seguro que estás bien?
—Sí. Sólo que es raro cómo
suceden las cosas. Cuando entramos, dijimos que sólo estaríamos un par de
minutos y luego iríamos por una cerveza. Pero, ahora, al verla bailar no
quisiera estar en otro lado más que aquí.
Sofía regresa su mirada al
escenario. Los músicos tocan un jazz lento, pausado, erótico. O tal vez, el
erotismo procede de la forma en que las bailarinas enredan sus brazos y piernas
en la mujer de ojos verdes. Sofía la señala con el dedo índice y Bartolomé
asiente. Los dos se toman de las manos, apretándolas cada vez que ella se
acerca al público, y regala su sonrisa diáfana, que parece ser dirigida sólo a
ellos. Sofía le susurra a Bartolomé:
— ¿La conoces?
—No.
La música va aumentando su
intensidad. Algunas personas se han levantado de sus asientos y se contonean
torpemente. Sofía los mira con lástima. La bailarina extiende las manos y forma
una constelación con los dedos, miles de estrellas nacen de su ombligo y se
retraen cuando ella vuelve a su propio centro. Todos la miran, pero nadie como
Bartolomé y Sofía.
Sofía ve en los pies de la
bailarina la representación de un cortejo espiritual: con sus pies delicados
tocando tenuemente el piso, atraviesa la capa de la superficie para capturar en
el movimiento de sus piernas el deseo dormido en ella. Bartolomé se estremece
cada vez que la bailarina se acerca a la orilla del templete, y arquea la
espalda, regalándole el público la imagen peligrosa de su cuello blanco y del
nacimiento de sus senos. Con los ojos recorre su cuerpo: la curva de las caderas,
el hundimiento de la cintura, la línea delgada de su cuello.
La música se detiene y las
bailarinas terminan su rutina en posición de flor de loto. Sofía mira
incisivamente a Bartolomé. Ella es la primera en hablar:
—Bueno, y ahora qué. ¿Qué
hacemos? ¿Vamos a buscarla?
—¿A quién?
—Tú sabes de quién hablo.
Bartolomé se queda
pensativo. Pasan unos minutos. Toma de la mano a Sofía y le besa los dedos.
Habla dubitativo:
—Bueno, primero hay que
saber su nombre…. yo podría averiguarlo….
—¿En serio? ¿Harías eso por
mí?
—Sí… creo que sí…
— ¡Gracias, Bartolomé! Sabes
que yo no podría acercarme a ella…
—Sí, una de las chicas del
grupo de baile es amiga mía… ella podría presentarnos…
— ¡Sí!, sí, dile…
—Está bien. Yo voy… sólo…
déjame ir al baño.
—Pero los baños están hasta
la entrada y todos van saliendo. Te vas a tardar mucho y se puede ir sin que
sepamos su nombre.
—Atrás de las gradas hay
unos, no tardo.
Bartolomé sale huyendo en
dirección contraria al escenario. Mientras camina recuerda los movimientos de
la bailarina y tiembla. Tiene miedo. Cambia de dirección y se dirige al otro
extremo de las gradas. Se refugia en una columna de concreto color carmín. Sofía
espera unos minutos a que su compañero regrese y al no hacerlo decide acercarse
al escenario. Su corazón palpita y sus dedos se contraen. Alguien intenta
impedirle el paso a los camerinos, pero la amiga de Bartolomé la reconoce y la
invita a pasar. Frente a ella se encuentra la bailarina, envuelta en una bata
de color esmeralda. Se la presentan y es invitada a sentarse a su lado. Sofía
está sumamente nerviosa y habla poco. La bailarina le ofrece un cigarrillo. Su
voz es pausada, melódica. Sofía se siente envuelta en una nebulosa. De pronto,
la bailarina la toma de la mano y la lleva de nuevo al escenario. Desde ahí
observan el lago cubierto por la noche y rodeado de inmensos árboles. Bartolomé
observa con ansiedad la escena desde su escondite. Quiere acercarse pero no se
mueve de su refugio. La bailarina se sienta en un extremo del escenario y mete
los pies al lago. Los peces le acarician los pies y ella ríe juguetonamente.
Transcurren treinta minutos. Sofía se despide. La bailarina saca los pies del agua
y le dice adiós con un beso en la mejilla, muy cerca de los labios. Sofía siente
un escalofrío y se da la vuelta para caminar sin mirar atrás. Bartolomé, que se
ha percatado de todo, se mueve entre la gente y alcanza el brazo de su amiga.
Ella lo mira indignada, pero se guarda el coraje y camina junto a él.
Bartolomé, ansioso, comienza a interrogarla.
—¿Qué te dijo la bailarina?
—Se llama Anaïs.
—¿Te diste cuenta de que es
verde?
—Sí…
—¿Qué más te dijo?
—No tienes esperanzas con
ella.
—¿Ah, no?
—Bueno, eso pensé mientras
vi cómo besaba a la pianista.
—Era verde.
—¿Qué?
—El piano. Era verde.
—¿Cuál piano?
—El de la pianista que según
tú besó a la bailarina.
—… se llama Anaïs.
Bartolomé toma de la mano a
Sofía y se dirigen hacia la avenida. Caminan cuesta abajo. Sofía tirita y se
pega al cuerpo de Bartolomé. Caminan abrazados. Sofía se acerca una de las
mangas de su suéter a la nariz y lo aleja rápidamente. Se dirige a Bartolomé:
—Mi suéter huele a cigarro.
—¿A sus cigarros?
—Sí.
Bartolomé saca de su
bolsillo una cajetilla y le ofrece a Sofía. Ella lo rechaza. La lluvia comienza
a caer de nuevo, muy pausadamente, mojando sus cabezas.

Comentarios
Publicar un comentario
A tender