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Carta de despedida




Me veo leyéndote una de las notas de política de La Jornada después del desayuno. Mis pies colgando del sofá y mi voz de niña temblando. Tú, con un cariño que sólo una abuela puede dar, corrigiendo mi pronunciación.
Me veo recortando de una página de la Jornada Niños  una reproducción de Las dos Fridas, mientras una mujer me miraba y atravesaba los ojos de niña. Ese suplemento que tú habías separado del periódico para guardarlo y que fuera para mí, sólo para mí.




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¿Te acuerdas como gritaba aquel día, en las escaleras que daban al desvancito? Las lágrimas brotándome de los ojos, la nariz moqueando y el corazón resonando como un tambor. Todo eso griterío porque entre tus manos sostenías un monstruo pétreo que me negaba a tocar. Yo, aferrándome a mi peluche de ratón, con tal de no tocar la inexpresiva tortuga que sostenías tus manos. Me decías entre risas: "Vamos, Yeni, tómala no hace nada". También recuerdo mi tazita azul. Esa que habías apartado sólo para mí. Luego, me veo sacando las bolsas del mandado y poniéndomelas en la cabeza, metiéndome debajo de la mesa mientras tu cocinabas: "Jugamos a que yo era el Simba y tú me cuidabas ¿va?". Mientras tus manos movían la cuchara, dentro de la olla, decías que sí a todo, con tranquilidad. 


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¿Qué había en mí? ¿Porque depositaste todo tu corazón de abuela en mis manos morenas?


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Te puedo ver, menuda pero fuerte, caminado por esa cocina de talavera, palacio de mi infancia, mientras me subía a un banco para alcanzar el fregadero y me enseñabas que todo traste que uno ensucia se debe lavar. Sé, con seguridad, que  te detenías para mirar como dormía en el piso de la terraza sobre la panza de un Akita pardo, o en la "casita" que montaba con un montón de trapos debajo de la escalera. Me acuerdo de esa foto que nos tomaron cuando salí del kínder. Tu cara sería, yo con las rodillas sucias —como siempre— mirando para abajo, tu mano apretándome con fuerza amorosa el hombro. Ahora, me toco esa parte del cuerpo y siento la presión de tus dedos.


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La conversación que tuviste con mi abuela materna durante la boda de mis padres quedo registrada como acción de fondo en todas las fotografías. Tus manos, rugosas, calentitas, azucaradas y fuertes. Manos de abuelita.


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Me regalaste mi primer libro, uno que en las guardas traía la ilustración de unos perros cazadores y su dueño campesino y que luego yo coloree con plumones Pelikan. Mi primer novela sobre dos perros cazadores en la sierra, que estoy segura  me regalaste porque sabías de mi devoción por los perros.


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—Yeni ¿qué haces con ese libro?
—Es que le estoy enseñando a leer a Bish.
—Yeni, los perros no saben leer.
—Yo sé, pero yo le voy a enseñar a Bish.
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Como regalo de quince años, un ejemplar de las Mil y una Noches que nunca leí. En otro mayo en el que florecí, me regalaste Kim de Ruyard Kipling. Cuando te dije que Oscar Wilde me gustaba mucho  hiciste hincapié en  que era homosexual, pero que estaba bien, después de todo, era un escritor muy bueno.


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Entonces, crecí. Y como con todo a mí alrededor, nos confrontamos. Yo despeinada, vistiendo como niño adolescente y tú recriminando por mi feminidad inexistente. Me aconsejaste tener cuidado al estudiar Letras, pues ciertamente no tendrías muchas oportunidades de ganar dinero. Pero sé que le pedías a mi mamá todas mis textos para leerlos. Cada navidad, aunque no fuera a verte comía tus romeritos, o la pasta con jitomate, o las gorditas de harina dulce, todo gracias a las reservas que hacía sólo para mí. 


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Ansío tener sobre mi cabeza tus manos con olor a mandarina.

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Me duele pensar que la última vez que te vi estabas postrada en una cama. Ver a la representación de la estoicidad rota por la enfermedad, fue traumatizante. Cada palabra que salía de tu boca te dolía, y el cansancio, vestido de amarillo cubrió todo tu cuerpo. Toque tus manos de abuelita enferma, y no sé como pude contener los ríos de agua salina que se movían debajo de mis parpados.


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Nunca te llamé abuela. Nuestra compatibilidad sanguínea es nula. Pero hay un lazo rojo adornado con flores de mayo que unen nuestros meñiques. Y esa bola de sebo en tu estómago nos ha alejado para siempre. Pero no. NO. Está prohibido dejar de sentir tu mano azucarada y fuerte apretándome el cuello. Estas flores de mayo que nos unen no se marchitarán nunca.
 "mis manos queriendo rezar,
mis ojos queriendo llorar,
mis labios queriendo reír,
escucho la tierra vivir...."

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